NUEVA OLA DEL JAZZ ARGENTINO
En paralelo con el advenimiento de una de las mayores crisis político-económicas en la historia de la Argentina, el país fue escenario de un lento pero sostenido desarrollo en el plano artístico en general y en el jazz en particular. Quizá como reacción ante la mediocridad de productos culturales masivos cada vez más homogéneos y estereotipados, como búsqueda de un catalizador emocional frente a la realidad institucional adversa o porque las cosas debían resultar así, puede afirmarse que el jazz argentino fue subiéndose en este último lustro a una nueva ola con exponentes de alto valor estético.
El jazz en la Argentina ha tenido durante el siglo XX una acogida prolífica. El país ha visto el desarrollo local de diversos estilos (New orleans, swing, be-bop, cool jazz, free-jazz, etc.) y ha sido, en sus primeras etapas, gestor de músicos reconocidos a nivel internacional. Cabe mencionarse a Oscar Aleman, Lalo Schifrin, Gato Barbieri y Roberto “Fats” Fernández, entre otros.
"Lo que yo notaba en aquella época es que, a pesar de que se le decía jazz argentino, eran en realidad músicos argentinos que tocaban jazz, a diferencia de lo que pasaba con el rock, donde, si bien había grupos imitadores, también hubo toda una corriente, que es la que predominó, de música diferente al rock inglés o norteamericano. En el jazz eso no ocurría. Se notaba que, para que el disco estuviera bien hecho, se buscaba parecerse a un modelo de afuera”, considera Rodolfo García, gestor del festival “Buenos Aires Jazz y otras músicas” y ex batería de “Almendra”, grupo fundacional del rock en Argentina, en la década del sesenta (en el cual inició su carrera Luis Alberto Spinetta).
Fue a fines de la década del setenta, ante el advenimiento de las fusiones, con bandas como Weather Report y los experimentos de Chick Corea, que se sentaron las bases para el acercamiento de muchos jóvenes al mundo del jazz. A partir de ahí, la tendencia fue la de fusionar el lenguaje del jazz, donde prima la improvisación, con músicas locales como el tango y el folclore argentino y rioplatense, este último rico en sonidos y ritmos africanos.
“El músico de jazz de la primera época era en general autodidacta o, quizá, era alguien que había estudiado música clásica, con profesores que no provenían del jazz, tal es el caso de los trompetistas. Tales profesores no conocían el lenguaje del género y era muy difícil aprender así. Era más lo que uno aprendía escuchando un disco que con un método determinado. Ahora hay mucha gente que ha ido a estudiar a Estados Unidos, gente del jazz que es egresada de Berklee y tienen una formación mucho más sólida, que les sirve a ellos como intérpretes y le sirve a los alumnos que están formando”, considera Rodolfo García.
Músicos como Lito Vitale, Ernesto Dimitruc, Lito Epumer y Willy González, por mencionar a algunos, a quienes deben sumarse los jóvenes proyectos del Quinteto Urbano, Luis Salinas y Adrián Iaies, han retomado la tradición jazzísitca del siglo XX, aunque en la mayoría de los casos dando otra vuelta de tuerca y permitiendo un novedoso juego de fusión con los aires musicales locales.
“Los grandes músicos de la primera camada no incursionaban tanto en la composición, era más la importancia del solista en sí mismo. Ahora hay propuestas solistas importantes como Ernesto (Jodos), Javier Malosetti, Luis Salinas. Pero también hay una propuesta compositiva que va más allá del solista, como es el caso del Quinteto (Urbano), donde son todos temas propios. Con todo esto, me atrevo a decir que la propuesta jazzística argentina ha cobrado más fuerza que en otros años”, considera Juan Cruz de Urquiza, trompetista del Quinteto Urbano.
A comienzos de siglo XXI en Buenos Aires, la nueva ola estuvo acompañada por el surgimiento de casas o clubes de jazz vinculados con el negocio gastronómico. Sea por moda o por verdadera valoración del género, muchos restoranes y pubs contribuyeron a la síntesis entre paladares y oídos exigentes. “El público argentino está habituado a tomar algo, cenar, mientras mira un espectáculo. Yo sé que eso a algunos músicos les incomoda, pero creo que son las reglas del juego para conseguir ser populares y un poco más masivos de lo que habitualmente son”, afirma Rubén Bondoni, socio gerente del club de jazz y disquería “Notorius”, situado en pleno Barrio Norte. Unos más comprometidos que otros con la expansión jazzísitca en la ciudad, lo cierto es que estas casas de jazz permitieron la difusión del género y fueron espacio de actividad para que los músicos desarrollaran y pulieran un idioma propio.
No obstante, los festivales a lo largo del país fueron fundamentales en el proceso de construcción de esta nueva ola. Caben citarse el Festival Jazz de los Siete Lagos (octubre de 2000), en las ciudades de San Carlos de Bariloche y San Martín de los Andes, que reunió a artistas internacionales como Dave Holland, John Patitucci, Diane Schurr, Michael Brecker y Nicholas Payton, a los que se sumaron los mejores exponentes locales: Hernán Merlo, Jorge Navarro, Fats Fernández, Luis Salinas, Mono Fontana, Lito Epumer, Adrián Iaies y el Quinteto Urbano, entre otros. También debe mencionarse el trabajo realizado en los festivales de las ciudades de Rosario, Mar del Plata y el Festival Buenos Aires Jazz y Otras Músicas, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
El jazz en la Argentina, catalogado desde antaño como música popular, nunca ha mostrado rasgos de masificación. Esto tiene sus pro y sus contra. Por un lado, se convierte de esta manera en un espacio de experimentación casi constante y un desafío de superación y desarrollo musical que linda con lo vanguardístico. Pero, por el otro, lo vuelve antipático para las grandes inversiones de capital, haciendo doble el esfuerzo para la difusión del trabajo y consolidación del circuito. Si bien la sucursal argentina de EMI-Odeón ha editado en 2003 unos 100 discos de jazz, la situación económica ha hecho escasa la edición de placas internacionales y ha definido un elevado precio de los discos. No obstante, esto ha repercutido en una búsqueda de músicos locales y en el desarrollo de pequeñas y medianas industrias discográficas. Tal es el caso de Buenos Aires Undergruond (BAU) y MDR, quienes en 2003 editaron una treintena de discos. “En este tipo de música, en las industrias independientes, las tiradas por lo general son de mil discos” afirma Rubén Bondoni, gerente del club de jazz y disquería “Notorius”. Bajo estas condiciones el costo en la edición varía entre los dos mil quinientos y cuatro mil dólares, dependiendo del arte, de la fotografía, etc.
En definitiva y, a modo de final abierto, invito a toda Andalucía a visitar la Argentina, teniendo como una gran y no menos provechosa excusa presenciar los festivales de jazz en la región. Quedan todos invitados a subirse a esta nueva ola del jazz, al otro lado del charco.
(Enrique Fraga, Buenos Aires, Diciembre de 2003).