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RICHARD
BONA
Richard
Bona: Está considerado como uno de los mejores bajistas del
actual panorama musical mundial. Su currículum se extiende
por todas las músicas y por una habilidad inusual para controlar
enseguida cualquier instrumento que vea tocar. En 1999 comenzó
su carrera en solitario y de ella han surgido ya tres dulces y excelentes
frutos. Es… Richard Bona. Bona cierra su primera trilogía con
“Mumia: the tale"
Hay historias que siempre gusta contar. Algunas se utilizan simplemente
para hacer dormir a los niños o para conquistar a las chicas.
Otras son más modestas, pero no por ello menos apasionantes,
sobre todo porque suelen ser reales. Hoy en día, el nombre
de Richard Bona es conocido en el mundo entero, pero no era así
en 1967, cuando vino al mundo en Camerún, concretamente en
la aldea de Minta.
Los africanos no magrebíes suelen atender todavía mucho
al concepto tribal en la organización de las aldeas y mantienen
vivas muchas de sus tradiciones ancestrales. Según éstas,
Bona no era ni un espíritu dotado ni su nacimiento anunciaba
nada anormal. Pero esas tradiciones también se equivocan y
las profecías de los más ancianos no siempre se cumplen.
Cuando era crío, a la edad de cinco años, el pequeño
Richard acompañaba a sus cuatro hermanas y a su madre a la
pequeña iglesia que ya se había instalado en la aldea.
Allí cantaba y allí decidió cambiar las predicciones
sobre su futuro: quiso ser un griot. Los griots siguen pululando por
el Africa subsahariana viviendo de un modo nómada y ofreciendo
sus canciones e historias por unas pocas monedas a quienes les quieren
escuchar. Estas se depositan en la kora, el instrumento con el que
se acompañan, por las ranuras que la calabaza que hace las
veces de caja de resonancia tiene a los lados. No era (nunca ha sido
en ninguna parte) una profesión que animara a sus padres aun
cuando ya había precedentes familiares, pero…
A los once años ya trabajaba como profesional ofreciendo conciertos
con un pequeño grupo de amigos. No tenían instrumentos,
así que… se los fabricaban. Con unos cables de frenos de una
bicicleta y una lata de gasolina vacía hacían una guitarra.
O algo que se le parecía. Bona demostró enseguida que,
para eso, sí era un superdotado: veía tocar a alguien
cualquier instrumento y, sólo mirando, era capaz de aprender
a tocarlo. “No es ninguna habilidad especial, en serio. Es sólo
fruto de la pobreza y de la necesidad. Tú imagínate
que eres ciego: el primer día que entres en una habitación
tropezarás con todo, el segundo ya sabrás dónde
están los muebles y, en una semana, serás capaz de correr
por ella sin tropezarte con nada. La falta de la vista hace que desarrolles
otros sentidos. Con la música es igual. Si no dispones de métodos,
de vídeos o de discos para aprender, lo único que puedes
hacer es mirar, observar cada cosa y memorizarla en tu cabeza para
tratar de repetirla cuando tengas un instrumento como ése entre
las manos”, cuenta quitando importancia a la anécdota. Bona
aparece en un hotel de Madrid después de un día agitado
promocionando su nuevo disco, “Mumia: the tale”. El recordar cosas
de su infancia le hace soltar una mueca de sonrisa de vez en cuando.
Su pelo, perfectamente ordenado en pequeños tallos anudados,
delata su origen, aunque él siempre se ha mostrado muy orgulloso
de él. Sabe que hoy se le respeta mucho más que cuando
apareció por el primer club nocturno que se abrió en
Minta.
Todavía era un adolescente y, como a toda la gente de su edad,
aquel edificio puesto en marcha por unos inversores europeos le atraía
como un imán. En la puerta, un cartel escrito a mano indicaba
en la lengua natal (el douala, una de las doscientas que se pueden
encontrar en Camerún) que se buscaban músicos para formar
la orquesta que, por las noches, animaría el baile y pondría
fondo sonoro a las consumiciones que los más pudientes pudieran
realizar en el local. El ni lo pensó: se presentó y
exhibió sus habilidades. Lo bueno de que le contrataran no
fue únicamente asegurarse un sustento, ni siquiera que le proporcionaran
una guitarra de verdad. Lo más fascinante era que el dueño
del local permitió a Bona escuchar su colección de discos
a fin de que preparara, con la orquesta, un repertorio de standards
amplio y variado. Allí había más de quinientos
discos y él los escuchó todos una y otra vez aun cuando
sus compañeros ya tuvieran más que listo el programa
de cada noche. Fue entonces cuando descubrió el jazz, aquella
música que permitía improvisar según soplara
el viento. Nunca lo olvida.
Llegaba a ensayar hasta doce horas diarias con los instrumentos más
diversos, pero… un día tuvo una revelación. Escuchó
a Word of Mouth, un grupo que funcionó entre el 80 y el 84
(no confundir con los mediocres raperos norteamericanos del mismo
nombre) y cuyo bajista era Jaco Pastorius. “Cuando entré en
el bajo fue a partir de él. Tenía una cualidad enorme:
si le conocías en un disco tenías que escucharle en
todo lo que había hecho. Todos los bajistas de aquella época
eran estupendos porque todos se fijaban en Jaco y Jaco les llevaba
por todas las posibilidades del bajo. Todos le conocían muy,
muy a fondo”.
Recientemente, para los curiosos, ha aparecido un álbum de
homenaje a esa época de la obra de Jaco Pastorius. El disco,
“Word of Mouth revisited”, está firmado por la Jaco Pastorius
Big Band, que no es sino una reunión de algunos de los compañeros
que el legendario bajista tuvo en sus días con la Peter Graves
Orchestra. El CD, absolutamente magnífico, recupera material
de la época supliendo la figura de Jaco con los mejores bajistas
de la actualidad: Marcus Miller, Victor Bailey, Christian McBride,
Gerald Veasley y, por supuesto, Richard Bona. “No sabía que
ya hubiera sido publicado. Hacerlo fue una experiencia muy bonita
porque esas canciones son las que me hicieron dedicarme a este instrumento.
Peter me llamó, me contó el proyecto y me propuso participar
en él. Y fue un placer hacerlo. Mi parte la grabamos en Miami,
con un ambiente muy cordial y encantador. Estoy deseando escuchar
cómo ha quedado”.
Ya especializado en el bajo, pero conservando también sus virtudes
con todos los instrumentos que había aprendido a tocar, Bona
viajó a París, la tierra prometida de todos los músicos
africanos que quieren dar a conocer su obra en Europa. Allí
no tardó en hacer amistades: Manu Dibango, Marc Ducret, Didier
Lockwood… Allí conoció también a Salif Keita
(el maestro albino de Malí que, curiosamente, colabora en “Mumia:
the tale”) y a Joe Zawinul, el músico que, actualmente, Bona
considera como “el maestro de maestros”, el sucesor de esa estirpe
que identifica a los Miles o a los Pastorius y que, de vez en cuando,
aparecen en la música contemporánea.
Zawinul fue quien animó a Bona para que viajara a Nueva York
y se integrase en el Zawinul Syndicate, una tentación demasiado
poderosa para decir que no. En Weather Report, la anterior formación
de Zawinul, el bajista que dejó impronta fue, precisamente,
Jaco Pastorius. Trabajar con aquel hombre era como cumplir un sueño.
Y el sueño se cumplió: Bona aterrizó en el JFK
de Nueva York en 1995 y, tras un año trabajando con su mentor,
se convirtió en el bajista más solicitado de la escena
jazzística, codeándose en los rankings de virtuosismo
con el mismísimo Marcus Miller. Bob James, Jon Lucien, Larry
Coryell, Bobby McFerrin, Mike Stern… todos querían a Bona en
su alineación, ya fuera para grabar o, sobre todo, para girar.
Era una absoluta garantía y un saco sin fondo: sabía
tocar todo con cualquier instrumento. “Es muy difícil para
mí valorarme como instrumentista. Sólo sé que
tengo una disciplina enorme y que, practicando tantas horas como yo
lo hago, es imposible tocar mal. Domino mi instrumento porque he aprendido
a tocarlo y no dejo de hacerlo. Para mí ya es algo natural”,
comenta.
Otro de los que no le perdió de vista fue Pat Metheny, el guitarrista
por antonomasia. Metheny conocía bien las habilidades de Bona
como multiinstrumentista y solicitó sus servicios para “Speaking
of now” (02) y para la gira posterior. “Nos encontramos en el Festival
de Vitoria. Me comentó que estaba buscando un percusionista
pero que no me lo podía ofrecer a mí porque me sabía
ocupado. Le dije que no era así, que había terminado
mi contrato con la Columbia y que me apetecía hacer algo diferente
antes de grabar un nuevo álbum. No hubo más que hablar”.
¿Para qué? Dos monstruos de ese calibre hablan siempre
el mismo lenguaje y el público lo pudo comprobar cuando el
año pasado el “group” de Metheny apareció por tierras
españolas con Bona como una de las principales atracciones.
Antes de trabajar con Metheny, Bona ya había intentado mostrarse
en solitario. Lo hizo con “Scenes from my life” (99) y “Reverence”
(01). Aquellos álbumes presentaban al camerunés en plena
eclosión. Siempre se le había visto interpretando música
de otros, pero en sus discos plasmaba su fusión cultural aunando
en sus canciones la raíz de su patria, la influencia europea
y el jazz americano. Los dos discos eran los vértices de un
triángulo que ahora cierra “Mumia: the tale”. “Son como una
trilogía que expone diferentes facetas. Por eso cada disco
tiene una continuidad con el siguiente y con el anterior. Me considero
un contador de cuentos, aunque en el futuro quiero hacer otra cosa
de la que no quiero decir nada”, comenta. El disco nació tras
una selección de la inmensa colección de canciones que
Bona guarda en su bolsa de viaje. “Tengo dos estudios: uno fijo, en
casa y uno móvil. Eso me permite estar siempre grabando y no
te miento si te digo que puedo tener sesenta o setenta canciones compuestas.
Me preocupa no tener canciones cuando tengo que grabar un disco y,
de este modo, hago desaparecer ese problema. Cuando tengo que grabar
voy a mi banco de datos y busco conexiones entre lo que he compuesto.
Me hago una idea de cómo quiero que sea el disco y elijo el
material para arreglarlo y volverlo a grabar”.
En total son tres discos en cinco años, aparte de su tremenda
actividad como sideman. “Y dos casas de discos, y un montón
de colaboraciones… No tengo conciencia de la velocidad a la que trabajo
y no sé si estoy yendo muy rápido o muy lento. La cosa
va como va, a su tiempo, como el cuerpo la pide. No es algo que dependa
mucho de mí”, indica Bona gesticulando con la manos y exhibiendo
esos dedos largos que le permiten realizar proezas sobre un mástil.
A uno se le ocurre que, quizás, esa actividad y esa progresión
en la popularidad no habrían sido tan rápidas si hubiera
permanecido en Europa en lugar de aceptar la propuesta de Zawinul.
“No lo sé. Ni me lo planteo. Tiene que pasar lo que tiene que
pasar y en el momento en que tenga que pasar. Creo que tomé
la decisión de ir a Estados Unidos cuando tenía que
hacerlo y salió lo que salió. Hay cosas que son diferentes
en Europa y en Estados Unidos y, a lo mejor, algunas me han venido
bien. Entre los músicos americanos todo se hace más
crudo, no se cocina tanto. Te llaman para tocar y enseguida estás
tocando. En Europa, sin embargo, todo se piensa más. Los artistas
son más creativos y construyen hasta el mínimo detalle
antes de llegar a darle una forma concreta. Cada manera de ser tiene
sus pros y sus contras, sus cosas positivas y negativas, y yo intento
coger de cada una de ellas lo que me parece mejor”.
Aunque Richard Bona siempre es muy bien recibido en España,
nuestro país no está presente en sus planes más
inmediatos. Las primeras actuaciones una vez publicado “Mumia: the
tale” serán por el norte de Europa y sólo llegarán
a territorio latino en el mes de marzo o abril. La relación
del bajista con el público español es excelente y aún
recuerda con agrado su progresión en nuestro país. “Es
un público muy fiel al que valoro mucho, ya que en España
tienen muy buena música y grandes artistas. El conocimiento
que la gente ha tenido de mí aquí se ha gestado, además,
por el boca a boca, sin ningún tipo de promoción, y
pasando de tocar en sitios pequeños a participar en festivales.
¡Imagínate! En España ha sido en el único
sitio del mundo en el que me han tirado unas bragas al escenario.
¡Ja! Lo recuerdo muy bien: fue en Las Palmas”.
La gira de Bona ha tenido que ajustarse, como todo lo que hace este
hombre, a una agenda complicada. En este año ha vuelto a grabar
con Metheny, pero también lo ha hecho con Mike Stern, Sadao
Watanabe y el músico con el que más se ha divertido
nunca, George Benson. “Fue estupendo. La primera vez que aparecí
en la televisión de Camerún tenía unos trece
o catorce años. Era en un concurso para críos en el
que teníamos que cantar una canción que fuera popular.
Yo elegí ‘Give me the night’, de Benson”.
Como decía al principio, hay historias que resultan agradables
de contar. Resulta asombroso comprobar lo que puede conseguir a lo
largo del tiempo un chaval africano de trece años participando
en una especie de OT. “Canto a la vida, canto al amor, canto al respeto…
Cada día que paso he amado y respetado más que el día
anterior. Puede parecer una simple norma religiosa, pero es mi política”,
dice Bona mientras nos despedimos.
E.P. Todas las Novedades.
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