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ALL BLUES

 

DAVIS & COLTRANE

 

Escuchas el piano: “Daannn, dan, dan, dan, dannnn”; Descubres el saxo de Coltrane: ”Du, du, daaaa, du, du, daaa”; y cuando crees que la canción va a decaer en un ritmo interminable surge la trompeta de Davis. “Paraaaaa, parapara, pa, paraaaa”.

Hace unas semanas que vengo repitiendo estas mismas palabras allá donde voy. Las repito con extrema exactitud: pongo atención en las sonoras y palatales, controlo con sorpresa el tiempo de las pausas marcadas en el texto y pronuncio con un anglosajón más que aceptable los nombres propios. “Coltrein” y “Deivis”. He aprendido a colocar un par de acordes en el imaginario bajo de Paul Chambers y he descubierto el ritmo de Philly Joe Jones al golpear con mis dedos sus platillos en el aire. Allá donde vaya, ya sea con la calma fingida con que visito los centros comerciales, o con la interminable impaciencia con que tomo una copa a solas en un bar, repito, allá donde vaya, llevo la boca torcida hacia el lado derecho e invento ruidos en los que tan sólo yo reconozco las notas de Davis. Si la gente me pregunta, digo con una falsa seguridad que se trata del fraseo de esta canción, que me ha vuelto loco. No sé con certeza lo que esto significa, pero quien me escucha parece creérselo con admiración y eso me gusta. Al momento, le hablo de All blues, y añado: “Me encanta cuando Davis desgañita la trompeta hasta hacerla casi inaudible. Me encanta, simplemente me encanta”.

He de confesar que desde muy joven me he reconocido entre ese pequeño grupo de personas que logran dejar en evidencia – y vergüenza- a todo ser viviente que se mueva en un área de afecto no superior a 500 m2. No obstante, de un tiempo atrás la situación ha empeorado, y curiosamente, ese momento coincide con el descubrimiento del Jazz. Cuando son las siete y media de la tarde y el sol empieza a aburrirse de la programación televisiva, me coloco unos sofisticados auriculares inalámbricos, me visto con el chándal más hortera del armario para evitar que la intelectualidad se me suba a la cabeza, y salgo al jardín a mirar el cielo. Es entonces cuando me doy perfecta cuenta de que, de nuevo, un día más, algún rayo de sol me va a cegar del todo la vergüenza y me va a lanzar a cantar a viva voz. Sí, lo confieso. Confieso que a consecuencia de ello, mi familia se condena voluntariamente cada tarde al ostracismo de habitaciones donde ni la luz puede entrar sin llamar, y reza mil rosarios esperanzada en que sea verdad aquello de que el tiempo lo cura todo y la gente olvida. Lo confieso, lo sé y lo reconozco; sin embargo, tengo muchos motivos para permanecer ajeno al mundo y seguir hablando en voz alta: “all blues, all blues, all blues”.

Algo más de dos horas - concretamente, dos horas, trece minutos y veintinueve segundos- es el tiempo que más he estado con los ojos cerrados sin llegar a dormirme. Algo más de dos horas -concretamente, dos horas, trece minutos y veintinueve segundos- es el tiempo en que he concentrado mi poca capacidad de abstracción para captar cada uno de los ritmos sincopados del piano de Bill Evans, buscando reconocer en ellos un Sol o un Fa que hagan enorgullecerme de mis diminutas orejas. Todo un record de no ser por una fuerte descarga de impulsos involuntarios que han abierto mis ojos, me han puesto en pie y me han arrojado a la colección de vinilos que compré hace un par de días. Allí he encontrado el “Complete Columbia Recordings”, grabaciones de John Coltrane y Miles Davis realizadas entre 1955 y 1961, donde figura el tema All blues junto a otros como So What o Two Bass Hit, por ejemplo. Ha sido toda una sorpresa, una sorpresa de seis discos con dos caras cada uno. Desde mi adolescencia, es la primera vez que mi cuerpo toma la iniciativa con resultados al menos no perjudiciales para mi persona - y mi familia sin poder verlo.
Emocionado y presto a la vez, he despertado al tocadiscos de su milenario letargo con un beso en el que había más polvo que amor, y he momificado mi casa con cables de colores - rojo o negro según su estado de ánimo, positivo o negativo. Lastima que no hubiese una aguja.

Etc.

Etc.

Etc.

 

Ignacio Rojas