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LA COSA QUE ARDE JAZZ CLUB

 

 

En “La Cosa Que Arde” nadie pagaba. Los clientes, es decir, los cuatro asiduos que bovinamente íbamos a abrevar alcohol matarratero teníamos prácticamente la barra libre y solo a algún curioso incauto o guiri despistado se le cobraba con creces el trago pavoroso. Esto duró, mas o menos, quince años. El Club, por llamarlo de alguna manera, estaba situado en un callejón de mala muerte y cuando había conciertos, por llamarlos de alguna manera, sacábamos junto a la puerta, solemne y absurdamente aquella montoneta Lambreta, emblema del antro, a la que le faltaba una rueda pero a la que le colgábamos un cartón donde se escribía el nombre de la banda de locos que iban a perpetrar la velada. Y como digo, esto duró hasta la noche en que “La Momia”, o sea mi jefe, tras sus ya clásica afirmación de que la cosa estaba que arde, en medio del solo de trompeta cacareante de Johnny Mhecanzo dijo, aún sobrio:

- A la mierda!!!

Y en el silencio pasmado que se hizo, todos comprendimos. En ese momento yo estaba rellenado unas botellas con gin destilado por el viejo Telonio, como contribución a la bodega del antro y supe que mis melancólicas borracheras y posteriores dormilonas encima de la mesa ruinosa de billar llegaban a su fin. Y todos lo miramos. Y entonces, quizás por primera vez en su vida, sonrió y levantando una botella volvió a gritar:

- Al carajo, viva el jazz, el barco se hunde pero que la orquesta no deje de tocaaaaar!!!!!

Y la banda improvisó en tromba cualquier ruidoso disparate y todos reímos como borricos dementes y brindamos, felices y aún aturdidos, por la etenidad o los minutos de gloria que todavía allí, en “La Cosa Que Arde”, teníamos por delante.

 

Domingo López

domingo_lopez@terra.es