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LA COSA QUE ARDE JAZZ CLUB
En
“La Cosa Que Arde” nadie pagaba. Los clientes, es decir, los cuatro
asiduos que bovinamente íbamos a abrevar alcohol matarratero
teníamos prácticamente la barra libre y solo a algún
curioso incauto o guiri despistado se le cobraba con creces el trago
pavoroso. Esto duró, mas o menos, quince años. El Club,
por llamarlo de alguna manera, estaba situado en un callejón
de mala muerte y cuando había conciertos, por llamarlos de
alguna manera, sacábamos junto a la puerta, solemne y absurdamente
aquella montoneta Lambreta, emblema del antro, a la que le faltaba
una rueda pero a la que le colgábamos un cartón donde
se escribía el nombre de la banda de locos que iban a perpetrar
la velada. Y como digo, esto duró hasta la noche en que “La
Momia”, o sea mi jefe, tras sus ya clásica afirmación
de que la cosa estaba que arde, en medio del solo de trompeta cacareante
de Johnny Mhecanzo dijo, aún sobrio:
Domingo
López |